sábado, 29 de julio de 2017

Vómito de libertad.



La idea de libertad es una de las que más nos engaña. Tendemos a creer que alcanzarla es como atravesar la puerta de una jaula o como desprender un candado y que se caigan todas las cadenas. 

Sin embargo liberarse se parece más a estar enyesado de pies a cabeza hasta que en determinado momento se quiebre el yeso como la cáscara de un huevo cuando nace un pollito.

El cuerpo que vivía dentro no se ha movido jamás, los ojos no han visto la luz, la voz ya no se hace eco dentro sino que se pierde en el aire y es necesario subirla incluso para oírse a sí mismo.

La piel está repleta de costras, mugre, algodón, sudor, orina y todos los desechos que son restos del tiempo de encierro. 

Liberarse implica también darse cuenta de todo eso y emprender el camino de quitárselo de encima.

Pero mientras tanto hay que vivir.

Todos los días me planteo si no es mejor esforzarme por reconstruir ese yeso y quedarme ahí dentro hasta morir.

Por el dolor que me produce intentar moverme forzadamente y la frustración de no saber mover muchas partes de mi cuerpo. 

Por el miedo de que hablar más fuerte atraiga más depredadores, aquellos que se conforman con un corte superficial que haga caer alguna gota de mi sangre para alimentarse.

Por la incomodidad de sentir la brisa tocarme la piel, esa que no sabía que existía, de la que apenas conocía el sonido que se oía desde adentro  ni tampoco sabía de su naturaleza.

Porque a esto que le llaman aire puro no lo sé respirar, conozco mucho mejor el hedor de la podredumbre que se hizo a mi alrededor en ese yeso que por muchos años fue mi casa.

Porque tengo que volver a aprender a hablar y no logro hacerme entender usando nada de lo que ya sé.

El tiempo no alcanza, todo se mueve muchísimo más rápido que yo y no puedo alcanzarlos.

Me siento ridícula diciendo en voz alta la cantidad de cosas que me maravillan de este mundo que apenas voy conociendo, que es de otros y nunca estuvo hecho para mí.

Me siento ridícula porque parece que soy la única y que no voy a estar en mi lugar jamás, mi lugar estaba en el encierro.

Siento que me quieren robar todo, desde la voz hasta la identidad, porque nada es mío, todo es de ellos, no tengo la oportunidad ni de tenerme a mí.

Ni lo que diga de mí tendrá validez si no lo dicen ellos, estaré viva mientras lo digan ellos, no podré terminar de morir hasta que lo decidan ellos.

Siento que tengo que irme todo el tiempo, de todos los lugares en los que estoy, porque nada de todo esto me corresponde, el único que me pertenecía era dentro de aquel cascarón aunque de alguna manera desde fuera les pertenecía igual a ellos.

Construyo y desconstruyo todo lo que recuerdo, lo desmenuzo hasta el último nivel y aún más allá. Busco construirme a mí misma mientras aprendo sobre este cuerpo, esta voz y esta podredumbre que es mía. 

Porque no estaré dispuesta ni a ocultarla ni a limpiarla ni a olvidarla, la guardo para tirársela en la cara a aquellos a los que en lugar de yeso les dieron caminos para caminar.

Sin embargo, todos los días me levanto, trato de hacer cosas, de avanzar, de hablar con la gente, trato de vivir, con todos esos miedos, enfrentándolos a cada segundo, me muevo con todo eso conmigo.

Desconfío de aquellos que hablan de esa libertad que es como un poder en un juego, porque tengo miedo de que la hayan basado en todos los demás.

La función está como mejor no vayas.
Vomita.