domingo, 20 de noviembre de 2016

Hogar muerto

Todo aquel que haya vivido un poco sabe lo importante que es la sensación de hogar.
Ese hogar como lugar pero sobretodo como contexto lleno de factores que mantienen un ambiente que se siente cálido.

Mi casa dejó de serlo cuando falleció mi abuela y se enfrió todo hasta los cimientos, lo que era el lugar más seguro del mundo se llenó de fantasmas.
Lo que extraño casi siempre de esa casa que todavía me puede dar es la impunidad de poner música a toda jeta, porque está a una distancia que casi no jode a ningún vecino (o porque nunca ninguno se quejó).

La que no ha dejado de serlo para mí es la ciudad que tiene vivas las baldosas en las que me tropecé y los lugares en los que me quebré.
La que tiene ese azul en el cielo que juro no haber visto en otro lado y las esquinas donde si te toca cruzar  y te parás los conductores te hacen un gesto con la mano a ver si te apurás, que aunque también haya de las otras esquinas y de los otros conductores también, son menos.
Mercedes me da todo ese hogar cuando la recorro y al entrar a mi casa esta me lo quita.

Bah, en realidad no me quita, me da hogar muerto.

Hace unos años entendí que yo podía hacer mi esfuerzo para ver si nos juntábamos todos y estábamos en paz, pero que yo no puedo hacer el esfuerzo por los demás ni puedo obligarlos a hacerlo si no quieren.

Por eso yo tampoco puedo revivirlo.

Como todo lo que ya no tiene vida y ha sido parte de la nuestra es necesario que transite el duelo y después vea.

¿Después vea qué?

Que nada ni nadie pueda matarme el hogar interior, el que me hice en el que solamente vivo yo, que necesito tener para defenderme de todo, en el que guardo las cosas que pasan y suena la música que más me gusta.

Que no lo mate yo tampoco, que no lo mate.

La función está como mejor no vayas.
En contramano.

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