domingo, 27 de noviembre de 2016

Distracción

Por la ventana se ve la gente saliendo a hacer mandados, vuelan pajaritos y se los escucha cantar.

El sol ya ilumina todos los rincones que alcanza, la mañana ya empezó.

A través de la cortina ilumina la mesa que tiene todavía las migas del pan y la taza sucia de café del desayuno.

Brilla el mantel viejo en los lugares en los que aún está entero y se refleja en mis ojos.

El techo tiene la tela de la araña que vive conmigo, que llamé Romualda y tengo siempre vigilada.

La cama está desordenada, tiene ropa encima y me distrae el ruido de la mochila que se cae de ella.

Se vuelca el agua fría que le quedó ayer al termo que está con el tapón abierto y estaba adentro de la mochila.

Eso arruina mi distracción.

El agua se mezcla con mi sangre que está vertida al lado de mi cuerpo, que aún brota de mi herida y como un reloj de arena cuenta el tiempo hasta mi muerte.

Un reloj de sangre.

Por suerte vibra el piso en el que estoy tendida porque pasa un camión enorme por la calle a alta velocidad.

Y miro para afuera y veo a la gente saliendo para hacer los mandados otra vez.

La función está como mejor no vayas.
Distraída.

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