lunes, 19 de septiembre de 2016

Más viejo que la injusticia.

Hay una batería de refranes y frases que heredé de mi familia que uso todo el tiempo.

Descubrí hace poco que tienen un poder que no les conocía que es que al pronunciarlos vuelvo a casa.

No al lugar físico sino al hogar que una vez existió en ese lugar, con todas sus fortalezas y debilidades.

Dicho así puede parecer algo de poca importancia pero al considerar que carezco de la chance de volver de visita a ese hogar y que trabajo constantemente para construirlo en mí entonces este detalle escala rapidísimo en la escala.

De lo que quería escribir es de otro de los matices que tienen esos refranes.

Muchos de ellos poseen una sabiduría que muchas veces es sólo comprensible con la experiencia.

La experiencia que me mostró que si bien yo pude llegar a creer que estuve desprotegida de un montón de cosas que me llegaron a golpear y que, según yo, podían ser evitadas, en realidad estuve protegida de otras cosas que yo no sabía que existían o no podía entender todavía.

Se me pasan millones de cosas por la cabeza y hago un esfuerzo enorme para no irme por las ramas.

Más viejo que la injusticia.

Este dicho, refrán o lo que sea (me da paja realmente ir a buscar cuál es cuál y aparte no importa) lo tengo completamente incorporado y lo dije mil veces sin detenerme el más mínimo segundo.

Fue hasta que se me ocurrió detenerme que se abrió un abanico enorme de cuestiones.

Casualmente no me detuve hasta tener cómo desenmarañarlas todas.

Si uno quisiera decir que la injusticia no es vieja con un análisis de un par de minutos uno puede encontrar siempre una más vieja que la anterior y así tiene la categoría necesaria para usarla como referencia.

El punto igual es otro, el símbolo de la injusticia tan antiguo como permanente, tan inevitable.

Puedo entonces juntar todos estos elementos y escuchar las voces de las que supe reírme por creerlas equivocadas y reconocer en ellas la resignación ante una vida completa de situaciones injustas y de supervivencia.

Puedo darme cuenta que crecí alrededor de un puñado de supervivientes ante una realidad cruda e injusta, protagonistas de cuentos para los que no hubo stock de héroes y que tuvieron que sobrevivir a sus propios nudos.

Con lo que pude aprender de los años que viví y de la vida que me pasó en esos años, de lo que pude ver, de las cosas que me enteré cayeron como eslabones perdidos, no me atrevo a alzar la voz para decir cuál era la forma correcta de manejar esos nudos.

Primero porque cuando se puede ver la complejidad de las cosas lo que era una carretera dividiéndose en dos se convierte en en una jungla llena de caminos y de voces que gritan una encima de la otra opiniones y órdenes.

Segundo porque quiero respetar esas luchas que no son mías y porque que se hayan dado con todo el esfuerzo de una forma óptima o no, no es asunto mío.

Me di cuenta que estos sobrevivientes a los que yo llamé familia me cuidaron de muchas maneras de los golpes de puño de esa injusticia inevitable y que muchas veces la única forma de cuidarme fue recibir el piñazo en sus propias caras.

Ya es tema de otra discusión las aristas que se abren sobre qué hacer frente a la injusticia y blablablá, no es el punto.

El punto es que hoy a través de todas esas frases que heredé respiro un poco de hogar.

Y si me concentro un poquito entiendo cada vez más a algunos pedazos de ese hogar que supe reprochar en otro momento y voy sanando esos recuerdos.

Recuerdos de momentos que ya a esta altura son más viejos que la injusticia para mí.

La función está como mejor no vayas.
Dice que es más joven que la injusticia.
Esconde la cédula.

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