lunes, 28 de marzo de 2016

Un comodín del tiempo

Hace unos meses encontré un concurso de cartas y se me ocurrió participar, el concurso ya pasó y no fue seleccionada por el jurado mi carta por eso vengo a dejarla por acá para que siendo leída por varias voces pueda llegar más nítida a su destinataria.

Hola, te escribo ahora porque este tiempo pasó tan rápido que no me pude presentar. No puedo pedirte que busques recuerdos así que los traigo conmigo, nos conocimos el día que mi madre me dio a luz y desde ese momento no nos separamos hasta que yo cumplí 18 años y empecé a estudiar mi carrera. Pasaron casi dos años, empezaste a decaer, cuando vi que era serio abandoné todo y me quedé contigo.
No sé en qué momento te perdiste en este laberinto en que se convirtió tu mente, sólo puedo decirte que traté  de espantar los dolores, los fantasmas y a todo aquello que intentó perturbarte.
Todos los días me preparé para seguirte la corriente sin alterarte, evitando que quisieras levantarte, no ibas a poder. Se convirtió en un juego macabro donde un paso en falso me llevaría a que descargaras tu furia conmigo. Vos no sabías quién era yo y yo lo sabía, pero no podía lidiar con eso, así que me propuse intentar lograr que hubiera paz en tu mente, tanteando en los recuerdos de tu niñez y tu juventud. Hubo un día que me dijiste que estabas por ir a la escuela, que si así vestida te iba a acompañar, era cuestión de tiempo que quisieras salir, justo ese día era feriado y no había clases, al decírtelo te calmaste y te quedaste inmersa en algo que no sé qué fue, pero me alegró poder evitarte sufrir ese mal rato y gané, ganamos las dos. Perdí muchísimas más veces de las que gané, pero te juro que lo intenté con todo.
Perdí la paciencia no una sino mil veces, porque me dolía en el alma que no me reconocieras, porque me desesperaba no saber cómo hacer para que esa maldita enfermedad te dejara dormir, porque quería que volvieras a ser la misma, porque no estaba preparada para perderte y no quería asumir que te estabas yendo, no lo esperaba.
No me perdono por haberte gritado por más mal dormida, cansada o triste que estuviera, por más que no te afectara porque no estabas realmente consciente. No me perdono tampoco haber desaprovechado ese único momento de lucidez que tuviste y que yo ignoré porque me había enojado por una estupidez.
Deseo cada día que pasa poder robarle un comodín al tiempo, trampear a la muerte y que nuestra despedida hubiera sido con la voz cálida con la que nos amaste siempre, con la seguridad y determinación que te caracterizaba y no esa voz perdida que siento que cada noche me llama.
Cada vez que pienso en vos, pienso en la injusticia que fue tu vida abuela, hiciste todo para merecerte la mejor calidad de vida y no te llegó casi nada. Pero como siempre fuiste un ángel eso no te impidió ni amar ni ser generosa, de vos aprendí del amor en la práctica porque el teórico lo puede impartir cualquiera.

La función está como mejor no vayas.

sábado, 19 de marzo de 2016

El frío tiene ese nosequé.

Para los amantes de la nostalgia como yo, las cosas más lindas están siempre bañadas de recuerdos, los recuerdos bañados de sensaciones y las sensaciones bañadas de ese nosequé que nos tiene cautivados.
El nosequé es algo que se les escapa a los incautos, no porque sean incapaces de percibirlo sino porque están concentrados en cosas que tienen nombres y que se pueden tocar.
Así es que les pasa por al lado, los saluda, pero no lo pueden ver.
Hoy, con el fresquito casi de otoño que tiene Montevideo lo reconocí, lo vi llegar.
Es la frazada de cuadritos tejida, pesada y súper calentita para envolverse, la estufa a leña con lo que hubiera a mano cuando se terminaba la leña, el mate cocido, el té, el café, la sopa, el pan casero, las torta fritas, la quiniela en la radio sonando de fondo, la claraboya rota que me gustaba mirar porque sí, dormir juntos con la bolsa de agua caliente, el porrón, la abuela cediéndonos todo a nosotros porque éramos chicos, nosotros porque éramos chicos inconscientes de que ella necesitaba más, el amor.
El frío tiene ese nosequé de que en busca de calor nos quedamos más quietitos y buscamos estar más juntos, que nos hace derramar lágrimas si queremos juntarnos con gente que no está presente en ningún lado, que nos hace abrazar fuerte a los que aún están, que nos hace pensar en que todos en algún momento se van.
Nosotros también, pero somos egoístas y cuando nos vayamos serán otros los que nos extrañen, los que nos quieran abrazar y no puedan.

A mí, el nosequé del frío me hace recordarte abuela, porque soy un muro con millones de ladrillos fabricados y puestos por vos, otros míos y de otras personas, pero vos me hiciste fuerte.

Lloro porque soy fuerte.

Y con los ojos limpios vuelvo a mirar, vuelvo a intentar, vuelvo.

Ese nosequé es la razón por la que sigo viva, por la que quiero ser.
Ser consciente y ser viva, sin evadirme.

La función está como mejor no vayas.
Pero como soy terca, igual estoy yendo.

martes, 8 de marzo de 2016

Mujer.

En este Día de la Mujer de 2016 me gustaría escribir sobre la mujer más luchadora que vi en mi vida. Una mujer que hoy, que ya no está y que la recuerdo permanentemente, puedo ver de lejos todo lo que fue más allá de mis afectos.

Era una mujer inteligente, resuelta, independiente, que no se callaba ni se dejaba humillar por ningún hombre, que nos enseñó con el ejemplo que podíamos hacer cualquier cosa y llegar a cualquier lado, igual que cualquiera.

Nos transmitió todo eso naturalmente, jamás nos habló ni nos explicó nada especial a mi hermana ni a mí, porque todo lo que ella sobrepasó, toda la independencia que logró, la fuerza con la que pudo hacer todo lo que hizo, la tuvo que sacar de adentro porque nadie se la dió y porque la necesidad no da plazos ni treguas para que uno se ponga a deliberar qué va a hacer.

La injusticia la acompañó casi como una sombra, pero eso nunca la amedrentó y muchas veces le gritó en su cara. Es cuando me quiere enfrentar a mí para seguirme cuando tengo que recordarla y juntar fuerzas siguiendo su ejemplo, aunque parta el alma saber lo que pasó, es su fortaleza su legado.

Me siento siempre muy agradecida del ejemplo que ella nos dió y siento la responsabilidad de contribuir a que ese concepto que nos une a todos como personas crezca hasta que capaz un día remoto y que parece lejano ver esa diferencia tan injusta sea solamente una historia que contar.

Yo no soy muy de las idealizaciones de mundos mejores, pero que no sea por no haberlo intentado.

Como somos todos diferentes, todos ponemos un granito de arena diferente en las diferentes luchas, y todos son necesarios.

Bah, menos los granitos de arena que van violentados contra otros, porque están puestos con la mirada en otro lado.

Hilda se llamaba ella y es un nombre que siempre me va a sonar como música.

La función está como mejor no vayas.
Y es persona.


sábado, 5 de marzo de 2016

Juicio a mí misma.


Soy muy dura juzgándome a mí misma, siempre.

A veces tengo juicios bastante duros para la gente en general, pero también soy bastante rigurosa en relativizar todo porque aprendí que no existen tantos blancos y negros en todo.
Me resulta fácil verlo respecto a cómo miro a otras personas pero nunca había visto tan claramente como el otro día, que con nadie soy tan dura como conmigo misma.

Soy una persona que sobreanaliza todo el tiempo y eso contribuye a esto, le doy vueltas y vueltas a cosas que ya no tienen solución repasando lo que debería haber hecho o lo que podría haber hecho mejor.

Es cierto que tiene un costado útil porque de tanto pensarlo voy optimizando mi manera de hacer determinadas cosas, pero hay un costado dañino de no perdonarme cosas que en realidad mantenerlas en juicio no hace mucho más que darme golpes bajos.

Sí, yo misma me doy esos golpes bajos, es como practicar boxeo sin resistirse a ningún golpe y con carteles que indican cuáles son mis partes más sensibles.

Y yo misma me hago caer.

Después de pila de tiempo pude relativizar de verdad mi situación, después de pila de tiempo y en un sentido estrictamente sin ninguna clase de poesía, creo que me estoy perdonando.

Lo que considero importante ahora, es mantener este equilibrio, no ser demasiado dura porque soy igual persona que todos los demás, no ser demasiado blanda porque soy igual de responsable que los demás.

Creo que puedo actualizar mi concepto de madurar en el que hablo de valorar lo real sobre lo ideal.
Bah, en realidad, creo que puedo hacerlo más específico porque esto es una faceta que todavía no había conocido.

Entender la realidad de lo que soy, de lo que siento, de lo que he hecho, de lo que estoy haciendo y de lo que haré. Con todos los matices que tiene porque la ruta de la vida no es como esas perfectas pavimentadas hace poquito sino es como esas maltratadas por los camiones que van cargados con pesos que superan la capacidad que pueden soportar. Al menos esa es la que me tocó a mí.

Y está bien.

Es una ruta difícil de transitar, que requiere aprender a manejar y a manejarse, pero no deja de ser una ruta.

Súper obvio, ¿verdad?

Y sí, tengo una ruta por la cual puedo recorrer, media rota y no tan ideal, con un clima que cambia y que no puedo manipular, pero la tengo.

Entonces, en conclusión, hoy me siento bien conmigo misma y siento fuerzas para llegar a aquello que quiero ser. Y puedo ser, porque lo decidí y porque soy consciente de por donde ando caminando, sin magia alguna.

La función está como mejor no vayas.
Y se siente bien consigo misma.

El camino a la escuela.

El camino de mi casa a la escuela era de 5 cuadras, no tengo recuerdos de cuando me llevaron mis padres aunque supongo que en algún momento eso pasó, pero sí de cuando iba y volvía con mis hermanos mayores.

Igual toda la magia de esas 5 cuadras tiene que ver de todo ese tiempo en que las caminé sola.

Probé pila de combinaciones para llegar ahí y de tanto probar encontré mi camino favorito.
Camino que variaba cada vez que llovía porque en ese caso las calles eran un mar y ahí la cuestión era empaparse lo menos posible y las prioridades eran otras.

Una cuadra que era infaltable estaba llena de unos árboles que nunca puedo acordarme cuáles son pero son muy altos y frondosos, cuando estaban sin podar toda la cuadra era de sombra y en otoño estaba llena de hojas secas para pisar.
Adoraba pasar por ahí por el ruido que hacía al pisar las hojas, por el fresquito natural de la sombrita, y porque, por alguna razón, en esa cuadra, me sentía muy segura.

Antes de llegar a esa cuadra, había una esquina que queda entre medio de un complejo de viviendas y que tengo entendido que es de ahí, donde hay un árbol de Ceibo y una mesita con banquitos como los que ponen en las plazas.
Esa esquina la recuerdo muy especialmente porque ahí hacía una parada al volver de la escuela y me sentaba a leer los libros que nos daban, en mi casa no había demasiados libros y hasta que conocí lo que era una biblioteca, esos fueron mis mejores amigos. Además cuando florecía el ceibo era un lugar especialmente lindo y tenía vista a esa cuadra arbolada por la que me gustaba caminar.

En las tres cuadras que me queda mi casa desde ahí, me gustaba agarrar derecho por la calle que cruza la esquina de mi casa, pasaba por el contraste del único colegio privado con secundaria que queda en Mercedes, que tenía un tránsito trancadísimo a la hora de la salida por los autos, con el jardín público que estaba una cuadra más adelante, con una cuadra trancadísima de papás y mamás esperando a sus nenitos.

Más adelante ya estaba en la manzana de mi casa, que puedo cerrar los ojos y recordar cada detalle de cómo era y cómo ha cambiado hasta ahora.
Y después llegar a mi casa, donde a veces teníamos café con leche, a veces té con leche, a veces solamente té, a veces un buen mate cocido y un qué sé yo en el que me acomodaba a hacer los deberes para el otro día, miraba algo con mis hermanos o salía a estar sola en el fondo a cantar y a treparme en la higuera.

Me falta una cuadra y es la cuadra de la escuela, que es la que sigue a la cuadra arbolada, me encantaba porque los desagües del edificio que es enorme de alto, me quedaban casi a mi altura y me parecía un misterio mirar por ahí, era muy oscuro y me imaginaba cualquier cosa que podía estar pasando ahí adentro, esa cuadra se terminaba en la esquina donde estaba la entrada de la escuela y su escalera que era inmensa para mí, la adoraba.

La función está como mejor no vayas.
En ese momento también estaba, pero yo no lo sabia aún.