jueves, 24 de septiembre de 2015

Blanco

Es una costumbre de los profesores de filosofía hablar en algún momento de cómo los símbolos, gestos o acciones tienen diferentes significados según en qué parte del mundo se muestren o se hagan.

El blanco siempre es víctima de ser uno de los primeros ejemplos en contraposición con el negro.
Está de más mencionar sus significados siendo que cualquiera los puede googlear.

Quedarse en blanco es un concepto que todos podemos entender en menor o mayor medida, según nuestras experiencias.
En la mía, forma parte de un punto de inflexión que me cerró unas rutas y me abrió otras tantas.

El punto es que para mí, quedarse en blanco es como tropezar o como cuando se nos cae algo de las manos.
La diferencia es que en lugar de fallarnos los pies, las manos, los sentidos que nos ayudarían a orientarnos o los reflejos para responder a algún cambio, nos falla la mente.

Y cuando falla la mente, todo el cuerpo espera.

Si es momentáneo el cuerpo se alivia.

Si perdura  dan ganas de correr fuerte y rápido como si esa energía cinética pusiera la mente de nuevo a funcionar.
Correr fuerte y rápido como si pudiéramos salir de la mente y volver cuando esté bien o  convertirnos en nómades y encontrar otra mente sana en la que vivir.

Lo más raro de eso, es que todas esas ganas también estuvieron en esa mente bloqueada.

Y es re interesante cuando uno aprende cosas de psicología con las que se pueden estructurar cuestiones que nos han pasado y de repente tener alguna clase de comprensión sobre eso.

Pero capaz prefiero maravillarme de todo lo que ha pasado en mi mente.
Lo brillante que me trajo halagos.
Lo confuso que me trajo cosas que no entendí.
Lo que se desahoga de un par de años de solamente pensar.

El día después de quedarse en blanco tiene un cierto color que puedo ver pero no sé qué nombre tiene.

Todos los días son el día después de quedarse en blanco.

La función está como mejor no vayas.

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